“Ramón Arangüena”
Sábado, Julio 28th, 2007Cuando empecé a trabajar en la radio, en Onda Cero, conocí a Ramón Arangüena. Es el subdirector del programa de Isabel Gemio “Te doy mi palabra”, en el que trabajo.
Me precio de tener una buena relación con él, incluso creo que tenemos una buena amistad.
Él ha tenido la deferencia de enviarnos un texto para nuestro blog.
Por razones de trabajo y de vivir en ciudad he tratado en muchas ocasiones a personas de la calle. Pero nunca he comprendido bien sus necesidades, sus problemas o sus sueños.
Por ejemplo, en mi colegio mayor, el Chaminade, había un indigente, apodado El Causa, que vivía en los bajos de los apartamentos Villamagna. Sé que alguna vez el director del colegio, Tacho, que sigue siendo el mismo, le dejaba entrar a asearse y le procuraba alimento y ayuda. Yo hablé con él, largo y tendido, en numerosas ocasiones. Aún guardo fotos suyas con sus perros, su caja de vino y sus cartones. Un mal día, al llegar de las vacaciones de Navidad, alguien dijo que había muerto. Al parecer, fue una helada que le pilló arropado por el falso calor del vino. Y no se habló mucho más del asunto entre los compañeros.
Acabé la carrera y mi primer reportaje de prueba para entrar en El Caso, en el verano de 1987, fue hacer un trabajo sobre mendicidad infantil. Tomé mi cámara de fotos y recorrí toda la Gran Vía madrileña en busca de personas que pedían limosna con niños en brazos. Por si acaso también saqué fotos a mendigos de cerca, de lejos, de lado, de frente… Muchas veces, después de robarles su mirada, tenía que escapar. (Una de esas fotos –que aún me estremece- se puede ver en este blog)
Aquello no me convencía porque era imposible hablar con ellos. A pocos metros de esa calle me encontré a los cíngaros de la cabra y el organillo electrónico. También iban con niños. Les di un poco de dinero y les pedí permiso para sacarles fotos. Hice un curioso reportaje. Lo revelé en el cuarto de baño de mi casa de estudiante y al día siguiente llevé de noche las fotos sobrantes a su campamento en La Ventilla, tras la Plaza de Castilla. Allí, frente a la hoguera, donde me invitaron a cabrito, me sorprendieron con su trabajo como exhibidores de películas de cine de verano en los pueblos y con sus canciones en invierno. Hice más fotos y al día siguiente entregué el reportaje con su texto en la redacción del periódico en la calle Covarruvias. El redactor jefe me dijo que de gente de la calle sí, pero de mendicidad infantil aquello tenía poco, pero que ya veríamos…
Recuerdo que esos días cortaron el agua en mi calle, la calle Jaén, y acababan de inaugurar los baños públicos de Bravo Murillo. Allí fui. Pagué cuatro pesetas, me dieron una toalla, el recibo y me duché. No tenía muy claro por qué estaba allí pero sabía que tenía una excusa para conocer algo que, si todo salía como mis sueños de estudiante pronosticaban, no tendría por qué repetir en el futuro. Todo estaba muy limpio, pero vi miseria en las ropas y en los cuerpos.
Me cogieron en El Caso y en un montón de empleos más. He hecho muchos reportajes en sitios dispares. Reportajes sobre mendigos ex-mercenarios, sobre gitanos universitarios, sobre los chabolistas junto a la estación de Chamartín o del interior del agujero blanquecino de La Celsa. Pero también he estado en las calles de Sowetto, en los suburbios de Méjico DF, o en las afueras de Los Ángeles o Santo Domingo y la mirada de los que por allí caminan, sin un rumbo claro, es siempre la misma. Es esa mirada hueca y profunda a la que nunca te atreves a asomarte en profundidad.
Hace tiempo he conocido a Pedro Clúster. Algo tan sencillo y curable como una depresión lo arrojó a las calles, a los cajeros dormitorio, a los cartones aislantes, al miedo a una paliza, a buscar plaza en un albergue, a agachar la cabeza en la cola de la sopa boba, a ver el frío frente a frente y… al fin y al cabo, a cruzar la frontera hacia ese lugar que se encuentra al otro lado del límite comprensible para la sociedad del bienestar a la que pertenezco.
A Pedro le he comentado que también he visto ese agujero oscuro por el que caes durante una depresión. En mi caso fue un error de un médico que me recetó una enorme dosis de tranquilizantes para un simple estómago irritado. Por suerte, mi padre, farmacéutico, pudo tirarlos a la basura en pocos días. Recuerdo que tras el incidente pensé: prefiero perder mis piernas que caer en una depresión. Y fui muy consciente en ese momento de lo que dije. Y aún lo tengo muy presente.
De hecho el asunto de los indigentes tiene alguna relación con los que viven en silla de ruedas. Parece que es un problema que no va contigo pero un simple accidente de tráfico puede hacerte cambiar de opinión de forma drástica. Con los sin techo pasa igual. El último día que estuvo Pedro conmigo mencionó a un hombre expulsado de los bajos de un escalextri que había trabajado en el semanario El Caso en Barcelona. Por los datos le aseguré nervioso que, tal vez, lo he conocido. Ayer me dijeron que otro periodista más joven, que fue redactor jefe mío, se ganaba el sustento en los alrededores de Las Barranquillas. También Clúster me habla de gente que no es “sin techo” pero acude a los comedores gratuitos porque mantiene una economía por debajo de la subsistencia. No sé, pero algo falla en esta sociedad en la que cada vez hay más gente que rebusca digna y discreta en las papeleras…
Por suerte y por decisión, Pedro ha sabido salir del bache y quiere arrastrar a un montón de gente fuera de ese “límite comprensible” para la sociedad del bienestar. Pequeños gestos pueden hacer grandes cosas. Si un primer micro-crédito en la India ha cambiado después la situación de una familia en Lima o en el casco viejo de Granada, sacar a unos pocos de la calle -como ha conseguido Pedro- puede arrastrar al resto y, sobretodo, darles voz. Desde el lugar en que me encuentre también prometo dar la palabra a los indigentes y tirar fuerte, muy fuerte, hacia dentro.
Ramón Arangüena



