Reencuentros.

Estos días me he encontrado con viejos conocidos de la calle.

El primero ha sido V., no doy su nombre por prudencia. Él es un clásico, muchos años de calle, buén chatarra, asiduo de la plaza de Ópera, abundante alcohol.

Pués, sorpresa, me lo crucé por la calle, la verdad es que me vió él a mi y fué él el que me saludó.

Con una sonrisa de oreja a oreja me dijo: “Estoy currando y en una habitación”, se le notaba orgulloso, iba limpio y bien vestido.

“Estoy de vigilante en una obra en …, y tengo por lo menos para año y medio”. Se le veía feliz.

De vez en cuando una alegría.

Otro al que me he encontrado ha sido J. Más de sesenta y bien vestido.

“Estoy durmiendo en un cajero con un rumano”. El rumano es un chico joven de no más de 35 años, que bebe mucho, como casi todas las personas del Este que están en la calle.

Pero, ha engatusado a una mujer en el parque al que va a beber. Una mujer mayor, que le ha llevado a la policía para arreglarle los papeles, se los robaron, le da dinero y comida todos los días, le baja mantas y le ha comprado hasta un movil caro.

Además la gente que entra en el cajero, se conoce que por la cara aniñada que tiene, le suelen dar algo de dinero, 5 o 10 euritos, con lo que siempre tienen para tabaco, café y bebidas.

“El rumano es bueno, comparte conmigo la pasta y el tabaco. me llama “papi” y le estoy enseñando lo que puedo para comer y vestirse”.

Mi amigo por supuesto, nunca ha sido censado en los famosos recuentos del Ayuntamiento y por supuesto se niega a ir a un albergue de los del frío. A él no le importaría ir a San Juán de Dios, pero no le dejan porque no está empadronado en Madrid.

La vida sigue igual, frío, desamparo, solidaridad y subsistencia.

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