“Reflejos sin azogue”

Mi amigo “el espía”, al que ya he citado alguna vez en esta bitácora, me envía este precioso texto. Los indigentes damos muchas veces sorpresas. El lleva en la calle muchos años, y ha trabajado con altibajos otros muchos. Ahora tiene una ilusión en la vida y espero que esta sirva para sacarle definitívamente de la indigencia.

“De los cinco sentidos que dicen que disponemos, el que Iris valoraba por encima de los demás y sin ningún género de dudas era el de la vista, no podía concebir la idea de la vida sin esos maravillosos instrumentos de precisión que han determinado en llamar ojos, podía imaginar y aceptarse sorda, muda, manca o hasta parapléjica de por vida en una silla de ruedas, pero nunca incapacitada de esos dos mágicos órganos de su cuerpo.

Su propio nombre ya era para ella una especie de suerte predestinada. Por otra parte, ya se conocía que no hay dos pares de iris iguales o casi, y se podía identificar a una persona tan sólo por ese detalle tal como sucede con las huellas dactilares.

Pero ella iba aún más allá que esos malditos scanner de pacotilla, Iris creía poder conocer el fondo de las personas y de cualquier animal únicamente con cruzar su mirada por la calle, una mirada pétrea, gélida, y a la vez felina y penetrante que calaba su corteza y analizaba sus sentimientos con mayor nitidez que los últimos avances japoneses en fotografía y una resolución que ya la quisieran para sí los EEG esos y los satélites espaciales juntos.

Ni que decir tiene que consideraba las gafas como un artilugio ajeno, molesto e innecesario a todas luces para ella, que entreveía muchos más colores que el resto del mundo y podía vislumbrar en lontananza un barco pesquero desde la orilla antes que lo detectasen los guardacostas con todos sus radares.

Todo ello no obstaba para que admirase la pintura, y particularmente la de Goya, al que consideraba el primer fotógrafo y reportero de la historia, un pintor pionero y un periodista adelantado para su época, no perdía el tiempo con paisajes, bodegones, u otras abstracciones inertes; infería que el ilustre sordo retrataba con su instamatic manual lo que sucedía alrededor de él para tener y dejar constancia de ello a la posteridad incluyéndose a sí mismo.

A ella le pasaba otro tanto de lo mismo, necesitaba guardar toda la información de alguna forma, pues la fugacidad de cada instante visualizado contenía tal porción de datos que le resultaba imposible memorizar todo lo que iba viendo, sobrellenándose su cerebro de un batiburrillo de imágenes e ideas que la saturaban, así que terminó optando por plasmarlas de forma material en fotografía, y a partir de ahí reflejarlo de nuevo delante de sus ojos para poder recordar dónde o con quién había estado y así retomar el hilo de su vida.

Se dirigía a todas partes con su cámara al hombro para no perder detalle que le importase verdaderamente. Pensaba como un cazador de imágenes o un voyeur al acecho de los incautos, porque, qué era la fotografía sino estar en el momento preciso en el lugar oportuno y elegir -como intentó conseguir Goya- el instante adecuado en el que la pieza reflejase toda su belleza o toda su deformidad, toda su luz o toda su crueldad, toda su rudeza o toda su nobleza y absorber esas características para hacerlas suyas, pero entonces ya no disparaba para atrapar un pasado que se esfumaba, sino, en un deseo obsesivo, para arrancarlo de cuajo egoístamente del espacio-tiempo que era la fugaz dimensión que no lograba controlar… aún; sin embargo siempre sentía una excitación morbosa que le estremecía cada poro de su piel cuando escrutaba aquellas caras en las que los moribundos de cualquier catástrofe expelían su ronco estertor en lo que parecía su último hálito de vida, o suplicando con un grito sordo un favor inalcanzable para ellos.

Por todo ello no consentía bajo ningún concepto en publicar sus fotografías ni se avenía a compartirlas con nadie, pero por encima de todo no dejaba que la tomaran fotos por nada del mundo, se excusaba bajo un falso pudor aunque la verdad fuera el temor a ser desnudada como hacía ella con los demás; no se sentía rara ni sola pues comprendía que otras culturas como los islamistas, cuáqueros, amys, protestantes y otras tribus humanas también rechazaban diferentes tipos de culto a la imagen aunque por razones de índole religiosa que no compartía, como casi nada en su vida, porque si se llegara a descubrir su secreto acabarían por exprimirla hasta dejarla seca y no era cuestión de abrir su caparazón ni ante un devaneo pasajero, había que andar con pies de plomo en ese aspecto si no quería despertar sospechas ni tener ningún desliz inconscientemente que la pudiera traicionar.

De antaño conservaba las pocas tomas que de ella se habían hecho, pero no se identificaba con la persona que veía reflejada en ese pedazo de cartón, como si no fuera realmente su propio rostro, algo así como cuando uno mismo se escucha la propia voz grabada con medios electrónicos y no se reconoce.

Sus gestos y sus sonrisas eran como muecas forzadas, su rictus y sus poses le parecían extremadamente anodinas, torpes y humillantes y ésta era la verdadera razón por la que escurría el bulto cuando la enfocaban para tirarla alguna foto, se convirtió en una iconoclasta de sí misma, no podía soportar verse ni siquiera ante el espejo si no era para empolvarse o maquillarse esa insondable faz, máscara o lo que fuera, nunca comprendió por qué con ella misma no percibía las mismas sensaciones que obtenía con los demás, no era capaz de verse interiormente y eso la aterraba porque… ¿y si era hueca de verdad? Se preguntaba Iris.

Se disparó otra última foto ella sola como para darse otra oportunidad y al ir a revelarlas, en la penumbra de la habitación se percató de que era precisamente en el negativo donde sí que se halló más diáfana que nunca.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que realmente carecía de una visión introspectiva de sí misma, se vaciaba a medida que devoraba al resto del mundo y al final todo en ella resultó ser adquirido, empezando por el lenguaje, nada original o genuino encontró de su propia vida. Nunca había llegado a tenerla. Todo aquello tenía algo de antinatural. ¿Merecía la pena?
-¿Cómo me retrataría Goya? ¿Acaso otro Capricho de los suyos? se preguntó ensimismada reconociéndose.

Ante ella, de la macilenta bombilla roja colgada en la pared desconchada de su laboratorio, emanaba un tenue haz de luz que sesgando el aire en un picado hacia sus pupilas, se reflejaba constelándose en dos profundas chispas incandescentes que hacían germinar sendos destellos en la noche interna que se escondía tras sus ojos.

Los cerró, y cuanto más los cerraba más claro veía.
No lo dudó más, acto seguido hendía alrededor de ellos el afilado canto del celuloide de la película fotográfica para que en adelante sólo se le pudiera “revelar” su auténtica existencia, ya sin brumas ajenas en su consciencia.

Por fin se encontraría consigo cara a cara.”

5 Responses to ““Reflejos sin azogue””

  1. Carola Says:

    Salenas Cronopio.Tengo sobradas razones para creer que eres capaz de dar muchísmas cosas buenas. Amo-te.

  2. indigencia » Blog Archive » “Cuento navideño” Says:

    […] Nuestro colega “el espía” nos envía un cuento navideño. ¿Se acuerdan de su texto “Reflejos sin azogue”? […]

  3. nochesprohibidas Says:

    Excelente el relato, Felicitaciones!. Si no os importa acabo de publicarlo en el blog de Las noches Prohibidas del Paraiso, en su sección de Relatos..
    A continuar SoisGrandeS! hOMELEes peOPLe bEAuTIfUL pEOPLe!

  4. indigencia » Blog Archive » “Cervezas indigentes o redes sociales” Says:

    […] Primero me llamó “el espía”: “Colega ¿que vas ha hacer hoy? ¿podíamos vernos un rato?” “Vale, a la una en Sol en “La Mallorquina”, le contesté yo. […]

  5. Hipatia Says:

    Internet es ya un espacio literario; me encantó este relato.
    Inés, la linyera, saltó al otro lado de la orilla.
    Besos

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