“El hombre tranquilo.”
EL HOMBRE TRANQUILO
En mayo de 2005, entré a formar parte de una, no sé como definirla, cofradía, secta, U.T.P. (Unión temporal de personas), o vecindad. Es decir pasé a ser uno más de los miles de indigentes que deambulan por las calles de Madrid. Durante este tiempo he tenido la suerte de conocer a varios personajes sorprendentes, inteligentes y muy lúcidos a su manera, con peripecias vitales que reafirman el viejo dicho de que la realidad supera a la ficción. Me siento orgulloso de contar con su amistad y su confianza y por eso no desvelaré ningún dato que pueda identificarles, aunque estoy seguro de que como a nadie le interesan nuestras vidas, nadie se tomaría el mínimo interés por obtener más información.
Pues bien, voy a contar la historia de un querido compañero de sufrimientos, al que a partir de ahora llamaremos Michael. (Ya se entenderá el motivo)
Michael hace más de medio siglo que nació en Madrid, pero de joven se fue a vivir a las Canarias, donde vivió durante 32 años. Sus confidencias no fueron mucho más extensas, y solo puedo añadir que se casó, a lo que parece, no hace mucho tiempo, con mujer nicaragüense. Según me contó, ella vive en Nicaragua y le está esperando. Él está trabajando de lo que nosotros llamamos “inútil sin experiencia”, es decir lo que pomposamente se llama “Controlador de Seguridad”, magnifico empleo en el que con salario base, pagas extras, horas extras, nocturnidad y alevosía se paga la hora a menos de 4e. Michael, “el hombre tranquilo” es un tipo de más de 1,90 de estatura y más de 100 kilos en canal. Ya nos habíamos visto con anterioridad, disfrutábamos los dos de las atenciones de l Parador de los Altos del Canódromo, él siempre fumando pausadamente su pipa, mientras yo jugaba al ajedrez por Internet.
Un buen día, por azar del destino, nos convertimos en compañeros de cuarto, cosa de la que nos alegramos los dos. La primera mañana coincidimos en el cuarto de baño. Yo, con la alegría que me caracteriza en estos tiempos, mirándome al espejo dije: ” que mierda de vida, otro día más”, él me miró y no me dijo nada. Ya por la noche en el cuarto me dijo: “tu problema tiene solución, existe una página en Internet que te ayudará en tu búsqueda de salidas”. Yo me quedé mirándole con sorpresa y escepticismo pero el insistió:”yo poseo El Conocimiento, cuando seguí sus directrices ví totalmente el curso de mi vida, como un sendero de luz. De hecho sé cuando me voy a morir, no la fecha exacta pero sí el espacio temporal y no me falta mucho. Ahora, medito con las técnicas del Conocimiento y consigo ver mi luz interior y eso me produce felicidad.” Expresándole educadamente mi escepticismo general, le prometí que miraría la dirección web que me había indicado.
Por supuesto en la siguiente mañana busque con mucha curiosidad la página web que me había indicado. Como yo suponía se trataba de un mundialmente famoso predicador de filosofías orientales sobre la paz. Después de echarle una rápida ojeada, y en el fondo desilusionado por que esperaba alguna sorpresa, me olvidé del tema.
De vuelta al Parador de los Altos del Canódromo, donde habitábamos, nos volvimos a encontrar. Yo, prudentemente me limité a saludarle, pero no le comenté nada sobre mi frustrada experiencia. Él tampoco me comentó nada. Fue por la noche, en nuestra habitación, donde se produjo la sorpresa, donde me desveló sus asombrosos secretos, y donde empezó a aplicarme sus conocimientos esotéricos.
Para poder transmitir a que me refiero cuando utilizo el adjetivo “tranquilo”, con un mínimo de realismo y posibilitar su comprensión, considero imprescindible explicar previamente cual es el mundo en el que nos desenvolvemos diariamente los indigentes, es decir intentar transmitir en lo posible cuales son nuestros sentimientos, cuando nos enfrentamos a nuestra realidad diaria.
La primera reflexión que es necesario hacer, que además considero muy explicativa, es sobre la palabra indigente. Como seguramente sabrán, “indigente” tiene sus raíces en el latín. Viene de las palabras “in” y “digere”, que quiere decir “no posee”. Sin ningún adjetivo más. Es decir no poseemos ni dinero, ni techo, ni hogar, ni ropa, pero sobre todo, y es una sensación generalizada entre todos nosotros, no poseemos derechos, ni futuro, o al menos un futuro apetecible. La única propiedad que nos queda es nuestra libertad, y esa tratan todos los días de cercenárnosla en su aspecto más material. Así que en el fondo lo único que nos queda es nuestra libertad de pensamiento. Con ella, aunque lo intentan, no pueden. Esta situación la tenía perfectamente asumida Michael, y gracias a ello se encontraba en un nivel superior a todos los que querían “ayudarle”.
Michael vivía con una aceptación serena el devenir de su vida, por que creía en “verdades” muy diversas, que él compaginaba con tan extrema habilidad que conseguía una línea uniforme, coherente y sólida de pensamiento.
Continua en “El hombre tranquilo” ( II )